A ti, por hacerme sentir una quinceañera
que sin conocerte de nada, te conozco del todo,
de querer alejarme de ti, a no poder desprenderme
por sorprender y aprender
pero juntos, siempre juntos.
Por esa pizca nuestra de azúcar y sal
por esas tardes de bancos dulces y camas salinas.
Gracias por ser mi ángel de la guarda, de guerra y de derrotas.
Y que, aunque quieras echar el freno
yo ya voy a doscientos y acelerando
cruzando los dedos para no estrellarme
contra el muro que tu derrumbaste
que digo derrumbar, fue una demolición desastrosa,
desastrosamente bonita.
Gracias a ti, mi ángel.